Elsa Letelier A.
En verdad, si no fuera por la música, habría más razones para volverse locos.
Piotr Ilich Tchaikovski
Considerada como una de las Siete Artes, la música ha experimentado un auge en los últimos tiempos en casi todas las capas de la población mundial, ya que no distingue raza ni clase social: la música es para todo aquel que tenga oídos y esté dispuesto a escuchar.
En muchos diccionarios encontramos el significado de música como el “arte de combinar los sonidos con el tiempo”, pero más allá de hacer que los sonidos se combinen al compás del tiempo, la música, para muchos, tiene un significado espiritual. Y es que “el oyente [pero también el que hace música] gusta de la música en que se encuentra a sí mismo, en la que reconoce [o comparte] sus gustos y emociones”, y la búsqueda de nosotros mismos, de nuestra identidad personal, nos conduce a un viaje que nos lleva a la espiritualidad.
Ahora bien, sabemos que por medio de la música podemos llegar a los corazones de aquellos quienes quieran escuchar, por lo que la música se convierte entonces en uno de los mejores medios de comunicación; un artista, en nuestro caso un músico, sostiene que por medio de su arte busca la forma de expresarse, de ser y existir; entonces, ¿qué pasa cuando esa expresión deja de ser original y se convierte en un producto exclusivo para el consumo de las masas? ¿Dejaría de ser la música arte para ser entonces un negocio? ¿Dejaría de ser el tañedor un artista para convertirse en un artesano?
Podríamos responder que no, que la música sigue siendo arte a pesar de todo, e igual con el artista; pero el verdadero artista, el músico de alma, mente, cuerpo y corazón, ¿estaría de acuerdo con esta respuesta?
Entonces buscamos la definición de arte y leemos que arte es la “capacidad del hombre de crear belleza”, y, luego, en nuestro afán de tener una mejor idea, buscamos la definición de belleza, y leemos que es la “propiedad de las cosas que nos producen placer espiritual al contemplarlas”, confirmamos nueva vez que la música es espíritu, y no se puede materializar* el espíritu.
Uno de los principales problemas con los que se encuentra el artista es que se ve rodeado de personas que solamente piensan en complacer a los demás y quieren que este haga lo mismo.
Es cierto que cuando se hace música es agradable que sea del agrado de los demás, y que ver que las personas responden de buena manera a lo que se hace, que comparten tus ideas, tus sentimientos, tus pensamientos, es algo magnífico; que vender cd’s, andar de gira por el mundo promoviendo la música a la gente, para que cada vez sea mayor el número de personas a las que les gusta lo que haces, e interpretarla en un escenario repleto de esas personas, es el sueño de cualquier músico, pero llegar al extremo de hacer algo que no te guste solamente porque a los demás les gusta, es ser, lo que varios amigos músicos repitieron: un “vendido”.
Muchos de ellos han confesado que si ellos pudieran dedicarse sólo a la música, esto es, no hacer otra cosa más que dedicarse a la música, no lo pensarían dos veces, ya que la música es parte de su razón de vivir; que ellos hacen música porque no hay otra cosa mejor que hacer. Entonces viene la pregunta: ¿Por qué si tanto se ama la música se cae en el error de querer venderla a costa de perder la originalidad y su identidad personal?
Y la respuesta es que somos humanos y a todo ser humano, con sus excepciones, le llega el momento en donde el deseo de adquirir bienes materiales se convierte en una venda que lo aparta de la realidad por un tiempo indefinido, y más oscura se vuelve ésta, si se ve rodeado de personas que solamente piensan en lo material.
Esto lo vemos a diario en artistas consumados, en personas que han tenido éxito profesional haciendo música, pero que lamentable por influencia de su casa disquera, de su manager, poco a poco van perdiendo su esencia y terminan haciendo algo totalmente contrario a lo que empezaron a hacer solamente para vender.
La música, no importa qué género, deja de ser música si no tiene sentimientos. El arte no es arte si sólo se piensa en vender; simplemente se vuelve en una copia más de algo, por que en realidad lo que le gusta a la gente es el sello personal que encuentra en cada creación.
Así mismo pasa con el músico: el músico deja de ser músico en el momento en que deja de entregarse con amor a la música. Simplemente se vuelve en una máquina de hacer reproducciones de algo que ya es y existe.
Una canción no es canción sino hasta el momento en que es interpretada ante un público, y el placer que produce interpretar por primera vez algo que se hace con el corazón es indescriptible. Cuando se termina una pieza musical no se piensa en como la verán las otras personas, se hizo esa pieza porque así el músico lo sentía, por añadidura viene el agrado de los demás, además, no tendría sentido hacer música si no la compartes con los demás, porque al fin y al cabo el arte es una forma de expresión; la música es una forma de expresión y se hace entender el músico por su música.
Hacer música y vivir de hacer música no es malo, al contrario, es un sueño hecho realidad. Lo malo es dejarse consumir por la “venta” y perder la esencia, la chispa que hizo que el fuego de tu amor hacia música se encendiera y creciera.
*Entiéndase como” materializar” a la exclusiva venta comercial de una “cosa”.
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