Habíamos hablado de tantas cosas esa noche. Hablamos de la luna. Hablamos de las flores, de su aroma. Hablamos de como el mundo se acabaría para nosotros. Hablamos tambien de nuestras debilidades y fortalezas. Hablamos de por qué yo lo había elegido y viceversa. Hablamos de nuestra forma de ser, y hasta hablamos de nuestra niñez, y conectamos nuestros caminos hasta el día en que nos volvimos a encontrar.
Hablamos del color de nuestra vida y el me decía como a veces no soportaba que yo creyera que todo es lindo.
Oímos canciones tambien. Algunas las había escrito para él, y algunas deseé que él me las hubieras dedicado.
Me enseñó sus lunares, le enseñé los míos.
Creo que hasta una lagrima me salió, y el muerto de la risa me decía que no llorara.
Entonces sus labios besaron los míos, en el beso más dulce que jamás me había dado, y mi piel se encontró con la de él.
El tiempo se estremeció, fuimos del universo y del viento. Elevamos suspiros y quejas, sonidos y naturaleza y fuimos nuestros.
Entonces sus labios besaron los míos, en el segundo beso más dulce que me había dado.
Hablamos de tantas cosas esa noche. Hablamos de cómo me volvía loca su olor, pero en el buen sentido, claro. Y nos abrazamos, y nos volvimos a besar, y nos quedamos dormidos, tendidos en aquella cama que ha sido testigo de otros amores y adivinaciones, de otros ritos y otros temores.
